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lunes, 5 de marzo de 2012

«Mi exmujer me ha robado a mi hijo»

Lunes, 5 de Marzo, 2012
Evolución de las solicitudes tramitadas al amparo del Convenio de La Haya
2000
Requerimientos de España: 37:
Requerimientos a España: 62
Total menores: 99
2009
Requerimientos de España: 97:
Requerimientos a España: 86
Total menores: 183
2010
Requerimientos de España: 123
Requerimientos a España: 91
Total menores: 214
Ayuda y asesoramiento: Asociación por el Bienestar de la Familia y el Menor TAS 649707696
Jon Barquiel es un hombre «destrozado». Lleva tres meses sin poder abrazar a su hijo Unai, que en unos días cumplirá 5 años. En diciembre, su expareja huyó con él desde Ermua hasta su país de origen, Venezuela, sin avisarle de sus intenciones, sin dejarle ni siquiera despedirse del niño. Se enteró por teléfono cuando Unai ya estaba en Maracay, a miles de kilómetros de distancia de su padre, de su escuela, de sus amigos. En esa llamada, su exmujer le anunció que no tenía intención de regresar jamás a la localidad vizcaína, ni ella, ni tampoco Unai. Su vida dio un vuelco y, desde entonces, Jon no puede ver sin derrumbarse las «miles» de fotos que conserva de su pequeño. Desde diciembre, solo ha hablado dos veces con él; su madre no le deja ponerse al teléfono por «su supuesto bien psicológico, porque llora cuando habla conmigo». Teme haberlo perdido para siempre. «Él es el eje de mi vida y me lo han robado», solloza.
El caso de Jon no es único. Como él, cientos de padres y madres son víctimas de lo que se conoce como un secuestro parental o sustracción ilícita de menores; un delito que ocurre cuando uno de los dos progenitores arrebata el o los hijos de la pareja de su entorno habitual y desaparece con ellos, normalmente a un país extranjero. El aumento de la inmigración, unido a la crisis -que por un lado está empujando a muchos foráneos a desandar el camino y, por otro, es detonante de multitud de separaciones-, ha incrementado en los últimos años este fenómeno, hasta duplicarse el número de casos en apenas una década, según las estadísticas del Ministerio de Justicia. En 2010, último ejercicio del que hay datos, las autoridades españolas tramitaron 214 expedientes; de ellos, 123 eran menores reclamados por España a otros países, mientras que 91 eran peticiones de otros estados sobre niños supuestamentre traídos ilegalmente.
Jon conoció a Francys en 2004 durante un viaje a Venezuela. Fue un flechazo. Se casaron en el país sudamericano. Ahora cree que fue «un error». «Me arrepentiré toda mi vida. Confundí mal carácter con espíritu luchador», se lamenta. La pareja se afincó en la localidad natal de Jon, en Ermua y, tres años después, en 2007, nació Unai, un precioso niño moreno, con grandes ojos negros y sonrisa permanente. Desde el principio, la convivencia fue tormentosa. La relación se fue deteriorando hasta que, en las navidades de 2009, se rompió definitivamente.
«Estuvimos un año para firmar un convenio regulador de la separación. Me volvió loco. Yo siempre he querido la custodia compartida, pero ella se negaba alegando que entonces perdería las ayudas sociales. Al final tuve que ceder; acordamos que ella se quedara con la custodia durante un año, hasta que empezara a salir adelante, y yo me beneficiaba de un derecho de visitas amplio: un día sí y otro no, fines de semana alternos y la mitad de las vacaciones». Sin embargo, Jon nunca cejó en su empeño de conseguir la custodia compartida. «Ella tuvo miedo de perder el control absoluto del niño y lo ha secuestrado», explica.
Sin intención de volver
Fue el pasado 11 de diciembre, un domingo. «Ese día recibí una llamada de ella desde Venezuela. Me dijo que se había ido a pasar una temporada con su familia y que no volvería hasta el 20 de enero. No avisó a nadie, ni siquiera al colegio». Desconcertado, Jon no pudo hacer otra cosa que acudir al juzgado para denunciar el incumplimiento del régimen de visitas y esperar a que pasaran unas navidades desoladoras para la familia Barquiel, que unos meses antes había perdido a la hermana de Jon en el parto de su hijo, que también falleció. El mismo día 20 de enero, a primera hora, llamó a su ex. «Le pregunté si estaba ya en Ermua y me dijo que volvía al día siguiente. Pero esa tarde me llamó y me soltó la bomba». Un misil directo a su corazón: Francys le dijo que había encontrado trabajo en Venezuela y que no tenía intención de volver.
Jon ha denunciado los hechos ante el juzgado y la Ertzaintza por sustracción de menor e incumplimiento del convenio regulador de la separación; la próxima semana, su abogado, Jorge Martínez -de la asociación TAS-, iniciará un procedimiento de restitución internacional del menor y «posiblemente presentaremos una querella contra la madre». El letrado no oculta que su caso es «complicado». «No dependemos solo de los juzgados españoles, sino de otro Estado. Pero la realidad es que el niño es ciudadano español y el Gobierno español está obligado a protegerle». Según sospecha Jon, la madre de Unai tramitó también a sus espaldas la nacionalidad venezolana para el niño. «Lo tenía todo pensado», apunta.
En España, el artículo 225-bis del Código Penal castiga con pena de dos a cuatro años de prisión al progenitor que comete secuestro de un menor, pero solo si se trata del que no ostenta la custodia. Si la víctima es el padre no custodio, la denuncia suele ser por sustracción o detención ilegal, coacciones o incluso desobediencia a las autoridades. España forma parte, entre otros muchos países -también Venezuela-, del Convenio de La Haya, cuya finalidad es asegurar la restitución inmediata de los menores trasladados o retenidos ilícitamente y que los derechos de custodia y visita sean respetados. Pero llevar a efecto este principio no siempre es fácil, más si como, en el caso de Jon, la custodia está en manos de la madre. En teoría, el juez debe ordenar la devolución del niño al país donde residía, pero siempre caben excepciones. Si el proceso se demora mucho en el tiempo, el magistrado puede denegar el traslado aduciendo que el pequeño está integrado en su nuevo entorno. «Ella confía en la pasividad de la justicia venezolana para quedarse con el niño», sospecha el padre.
«Pura y dura venganza»
La última vez que Jon habló unos minutos con su hijo fue el pasado sábado; era la segunda vez en tres meses. «No quieren ponerlo al teléfono porque, en la otra ocasión que habló conmigo, estuvo llorando dos días y dicen que puede causarle un trauma. Es de una crueldad absoluta». Cree que su hijo está siendo utilizado como «arma arrojadiza» contra él, por una «venganza personal» porque Jon ha rehecho su vida con una antigua amiga de su exmujer. «Cuando nos separamos todo fue más o menos bien mientras ella tenía parejas; su actitud cambió cuando empecé a tener relaciones con otras chicas. Entonces empezó a restringirme el contacto con mi hijo y a hacerme escenitas». Con su actual pareja, que tiene dos niñas, Jon había empezado a vislumbrar su sueño de formar una familia; «no solo por Unai, sino por mí, porque soy una persona muy familiar. El primer mensaje de mi ex cuando inicié la relación fue claro: 'con mi hijo no váis a jugar a la familia feliz'». «Es una pura y dura venganza», sostiene.
Pero no está dispuesto a «tirar la toalla» y piensa agotar la vía legal para recuperar a su hijo antes que plegarse a las exigencias de su ex y su familia. «Quieren que firme un régimen de visitas para que me pueda traer a Unai una vez al año. Su hermano, que es abogado, me ha denunciado allí por amenazas con la intención de que el Estado tutele a la madre y al niño. Me reprochan violencia verbal por teléfono, pero ¿qué hay más violento que arrebatar un hijo a su padre?», se pregunta Jon, que se pasa los días buceando entre textos legales y sentencias para hallar un resquicio de esperanza. «Les llamo rogando que me devuelvan a mi hijo y me llaman 'marica llorona' y otras barbaridades. Yo he sido un padre ejemplar para mi hijo, solo me ha faltado darle el pecho. Me he hecho cargo de todos sus gastos, siempre he luchado para pasar más tiempo con él y ella lo ha utilizado para hacerme daño».
No esconde que sufre una «profunda depresión» de la que está en tratamiento psicológico. Durante la sesión fotográfica para este periódico, Jon se desmoronó al ver las fotos del pequeño. Momentos cotidianos -Unai en los columpios, Unai disfrazado, Unai comiendo una galleta- y que ahora duelen como puñales por miedo a que sean irrepetibles. Pero Jon no siente vergüenza de unas lágrimas que son muestra del mayor amor incondicional que existe, el de un padre o una madre por un hijo. «Quiero a Unai con locura. Es el eje de mi vida y me lo han robado», repite.
http://www.elcorreo.com/vizcaya/v/20120304/pvasco-espana/exmujer-robado-hijo-20120304.html

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